Napoleones de fin de semana.

Caja del Waterloo de Avalon Hill

Mi afición por el mundo del wargame, nace hace ya muchos años, en concreto a mediados los años 70, y nace de mi interés por la historia en mis lecturas de aquella época.

Mis primeros juegos fueron Waterloo, del que os adjunto una pequeña imagen, y Midway de Avalon Hill, con ellos aprendí las bases de este mundo hexagonal, muy en solitario, o liando a alguno de mis hermanos, y a estos siguieron otros títulos cómo, Trafalgar y El último Puente de NAC.

Los años 80 fueron el final de mi biblioteca de juegos, hasta que al final de esos años me hice con un Wooden Ships & Iron Men y un Squad Leader, juegos que acabé vendiendo prácticamente nuevos.

En los años 90, el desarrollo del Pc y la web empezaron a hacer aparecer títulos trasladados del tablero al PC, y me volvió mi interés por este mundo, jugando inicialmente por correo electrónico.

Hoy en día gracias a la comunidad de Punta de Lanza y al Blog de @Joselillo_pdl «La Abadía del Gamer» disfruto, todo lo que puedo de él, con algunas dificultades por mis problemas visuales y la actual tendencia al mundo 3D, lo que me hace centrarme más en juego más de tipo tablero, de entre la gran cantidad de títulos que hay.

El mundo de wargame, es un mundo curioso, cuyos practicantes comparten muchas de las características de los miembros de la comunidad FLOSS, sólo que en él el objeto de estudio es la historia y las reglas de enfrentamiento, en lugar des código de las aplicaciones y los sistemas, y quizás por eso me siento un poco a caballo de ambos mundos.

En cualquier caso yo no soy capaz de explicarlos con tanta claridad en que consiste, como el documento que sigue, que por su indudable interés, y porque considero que es uno de los mejores escritos para definir lo que es la afición al wargame, quiero incluir en el comienzo de esta sección, y dado que por desgracia he sido incapaz de encontrar su fuente original, me he permitido transcribir aquí una de las múltiples copias que hay en la web, con mi reconocimiento a su autor. Espero que os guste y entendáis un poco de que va esto.

Arturo Pérez Reverte en El País Semanal (1996)

Hay un brillo inquietante en sus ojos cuando acuden cada sábado a la cita. Llegan uno tras otro, casi furtivamente, con sus cajas y reglamentos bajo el brazo, como los miembros de una cofradía clandestina, dispuestos a poner patas arriba la Historia. Algunos son tipos tímidos, solitarios. En apariencia, incapaces de matar una mosca. Pero fíate y no corras. Bajo su aspecto gris ocultan un corazón de tigre, y cada fin de semana deciden sobre la vida y la muerte de miles de seres humanos. Saben de heroismo, y de coraje; y de encajar impávidos los azares del destino y de la guerra, tal vez más que muchos de esos militares de verdad que a veces se cruzan por la calle, con su uniforme y sus medallas que a ellos les hacen sonreir disimulada, esquinadamente, con mueca de viejos veteranos.

Los jugadores de los llamados wargames o juegos de guerra de salón nada tienen que ver con el militarismo, o las ideologías. Del mismo modo que unos juegan al tenis, otros al póker y otros a la herencia de Tia Ágata, los aficionados al asunto, que es una especie de ajedrez pero a lo bestia, reproducen sobre tableros, con las fichas apropiadas, situaciones estratégicas o tácticas de la Historia; y basándose en complicados reglamentos, intentan darle las suyas y las de un bombero a Rommel, por ejemplo, en El Alamein; o compartir gloria con Napoleón en Austerlitz; o dar la vuelta a la tortilla haciéndole la puñeta a Anibal en Tresino, Trebia, Trasimeno y Cannas. La forma usual es un terreno reproducido en detalle sobre grandes tableros, y allí, con piezas, soldaditos de plomo o fichas adecuadas, se desarrollan los acontecimientos históricos y sus variantes, en largas operaciones de un realismo asombroso que llegan a durar horas, e incluso días.

Como masones, los adictos al género intercambian informaciones, reglamentos, experiencias. Hay especialidades, por supuesto: artistas del combate táctico a nivel de pelotón, capaces de batirse casa por casa durante días en los alrededores de la fábrica de tractores de Stalingrado, y genios de la logística que llevan tercios a Flandes por el camino español de la Valtelina entre las diez de la mañana y las ocho de la tarde de un mismo día. A algunos les gusta reunirse en grupos, haciéndose cargo cada uno de un bando, o un cuerpo de ejército, o de una simple unidad de infantería; y otros prefieren habérselas de tú a tú con el tablero o con la pantalla del ordenador, que facilita el juego a solateras. En cuanto a sexo, predomina el masculino; aunque no faltan mujeres como la novia de mi amigo Miguel el hombre que más cargas de caballeria ha ordenado en la historia de la Humanidad , que es una moza dulce y apacible hasta que el fin de semana, ante el tablero, se transforma en una despiadada y lúcida táctica, capaz de cañonearse penol a penol con el Victory, o putear al general Dupont en Despeñaperros hasta que el maldito gabacho pide cuartel y misericordia.

Son la leche. Cuando los ves descargar adrenalina en sus excitantes aventuras finisemanales, compruebas asombrado cómo se transforman ante el tablero para compensar otra vida a menudo monótona, tal vez insustancial. De pronto, inclinados sobre los hexágonos del mapa, considerando los factores de movimiento entre, Washington y Gettysburg o la potencia de fuego de una división Panzer en los campos embarrados de Smolesk, aflora toda la seguridad, toda la pasión, todas las cualidades buenas o malas reprimidas en el día a día: abnegación, buen juicio, crueldad, rapidez, inteligencia, egoísmo, iniciativa, sacrificio. Y comprendes que resulta imposible saber lo que cada ser humano, incluso el de apariencia más torpe, bondadosa, malvada o gris, atesora en su corazón o en su cabeza.

Y además, comprendo el placer personal intenso, fascinante, de hacerle trampas a la Historia. De romperle los cuernos a Bismarck en Sedán, o destrozar por fin los cuadros escoceses en Waterloo. 0 volver a la oficina el lunes por la mañana y dirigirle al imbécil de tu jefe una sonrisa enigmática que él nunca entenderá, ignorante del momento de gloria infinita que viviste a las tres de la madrugada de ayer, cuando, tras doce horas de combate, encendiste con mano temblorosa un cigarrillo para contemplar desde el alcázar del Santísima Trinidad, entre los mástiles derribados y los pasamanos hechos astillas, cómo ardía la escuadra inglesa frente al cabo Trafalgar.